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![]() What is the best type of bike to use for the London to Brighton bike ride? I have a full sus mountain bike which will be hard work on the roads. So is it best to go for a road bike or a hybrid for this course? As a heart patient, I want to take part next year. Thanks. I took part in the 1989 Manchester-Blackpool and the following year London-Brighton. A hybrid would be best, the mountain bike will be ok for the Ditchling Beacon and some of the other hills, but the whole event is on tarmac, so a mountain bike will make hard work of the roads. Have a good time and enjoy it. |
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¨Curvas Pleligrosas¨
Apenas moviendo los labios, Teresa cruzó dos palabras con el niño desdentado que asomara a la puerta de su local diciendo que deseaba recobrar una pelota de plástico. Lo miró recogerla, le dijo adiós con la mano y se desplazó con paciencia forzada hacia el extremo opuesto del mostrador, lejos de la entrada, mientras el rapaz desaparecía engullido por el claroscuro del atardecer.
Sirvió dos tazas de café y con ellas en las manos se desplazó hacia la única mesa ocupada; la más lejana, la que estaba junto a la pared del fondo.
Su cuerpo erguido y bien formado exudaba una ligera agitación, algo que le hervía a flor de piel y despertaba el instinto de cualquier hombre. Sin embargo, un retortijón en el bajo vientre le recordó que en realidad aquel temblor era consecuencia de un miedo compulsivo ante lo que ella entendió como la mirada inquisitiva de sus clientes.
Sus pechos duros y erectos, no muy grandes, le vibraban al caminar. Su estómago plano era incitante, tentador; su movimiento, a consecuencia de la respiración, despertaba una curiosidad sexual en quien la contemplara con esmero, mas al final, en el mejor de los casos, Teresa daba la impresión de ser una mujer misteriosa, confusa y por momentos fantasmal, dada la iluminación mortecina del comedor.
Dos uniformados asomaron a la puerta del local. Era una tripa con mesas, paralela al largo mostrador. Buscaron con los ojos empequeñecidos por la pálida luz del interior y uno de ellos dijo:
-Ya comimos, señor. Estamos listos para partir. ¿Necesita que hagamos algo?
-Coloca la mitad de los hombres en un extremo de la calle y en el otro a la mitad restante. Uno de ustedes al mando de cada grupo. Partiremos en cuanto hayamos terminado de comer. -Y los suboficiales de mar se retiraron a fin de cumplir la orden del oficial.
Depositó sobre la pequeña mesa sus tazas de plástico conteniendo agua humeante y oscura. Esbozó una mirada sugerente, intento de una sonrisa lasciva, y dijo:
-La comida se está cocinando, vendrá en unos 15 minutos más. -Su voz se quebró dos veces. Se refregó los labios con la lengua para dejarlos lustrosos, pero tenía la boca tan seca que no lo logró.
Fue respondida con un par de sonrisas bobas que palpaban los contornos exuberantes de su cuerpo aprisionado dentro de una falda ceñida y una apretada camiseta con la imagen de Travolta bailando Twist, en el centro del pecho.
-Gracias, ricotona, -dijo el rubio de ojos tristes, sentado de espaldas a la puerta que daba a la calle.
-Gracias, mamacita, -dijo el achinado de cabeza rapada, sobre una silla apoyada a la sucia pared de quincha y con buena visibilidad de la trocha de lodo y charcos en la que jugaban dos niños corriendo tras una bola de plástico rojo.
-De nada caballeros. -Dijo, y, contoneando sus bien formados glúteos, se marchó de regreso a su posición detrás del mostrador y delante de un anaquel muy alto y lleno de botellas. Desde allí, en lo que parecía ser su torre de control, podía ver con claridad las facciones de los dos hombres; en especial las del que tenía ojos achinados, que a su juicio era el que daba las órdenes.
El niño mocoso, al que le faltan dos dientes en una mandíbula con prognatismo dental, se aproxima a la parte trasera del pequeño restaurante donde ha ido a parar su pelota roja después de un corner mal ejecutado y luego tontea como buscando entre rumas de basura y cilindros de kerosén, hasta detenerse junto a una letrina hecha de cartón, calamina oxidada y cañas de bambú.
Tuerce la nariz ante el olor nauseabundo que rodea el lugar. En soterrada voz, dice: “¡Mateo!… ¡Mateo!”, y luego murmura en quechua el mensaje recibido de la mujer que atiende el local en el frente, donde la gente come o toma café.
Unos cuantos gruñidos le hacen saber que el mensaje ha sido recibido y el chiquillo, sin haber visto a nadie, se agacha, recoge su pelota y sale corriendo en dirección a la única calle del caserío, 7 casas de largo, donde había estado jugando minutos antes.
Los dos hombres sentados a la mesa, cubiertos ambos con un poncho corto de color verde y de material impermeable, lucieron sus rostros jóvenes encandilados por ese cuerpo tentador que vivía en aquella larga y angosta vivienda hecha de quincha, hojas de plátano y calamina, en medio de las alturas de San Francisco.
Al parecer de Teresa, ella había capturado la total atención de los dos hombres que a tientas buscaban sus tazas de café, sobre la pequeña mesa circular, sin perderla de vista.
-Muchos meses que no me tiro a nadie, Gringo.
-Sí, compadre, ¡que tal culo, compadre!
-Pero hay que tener cuidado, Gringuito. Siempre pensando en lo peor, compadre.
El hombre abandona la letrina y camina unos pasos para internarse en el monte. Avanza 10 o 12 metros y después de escarbar una buena cantidad de hojas húmedas, a medio podrir, extrae una pistola ametralladora que aparece cubierta de humus y una especie de diarrea negruzca. Bolea la parte delantera de su poncho sobre el hombro contrario y la limpia con un pañuelo sucio que extrae del bolsillo. La arma dos veces y aprieta el gatillo, en cada oportunidad, para escuchar el golpe metálico, seco, de la parte móvil sobre la cámara del cartucho.
Busca en su morral y saca la mano cargada con una cacerina larga, llena de balas. La introduce dentro del arma hasta que escucha el clic que indica el enganche correcto, pero no jala el cerrojo hacia atrás para armarla, porque recuerda que la USI es caprichosa y en esa posición se suele disparar por su cuenta. Sabe, pues, que deberá hacerlo cuando esté cerca de su objetivo, justo antes de disparar.
El joven de espaldas a la pared, que observaba la puerta y la mujer con sus ojos de alcancía, inició un movimiento con el brazo izquierdo, debajo del poncho, que fue ostensible para su compañero y para la joven.
El Gringo, que parecía haber interpretado la rápida reconfiguración de forma en el poncho de su amigo, palideció y sus ojos reflejaron una angustia que había sido frecuente en los últimos meses. Tuvo la impresión de que su compañero estaba desenfundado su pistola para dispararle a quema ropa.
El hombre de pelo caprichoso recuerda a su familia, en Lima, mientras camina en dirección a la entrada del restaurante de Teresa. Avanza con lentitud de indígena viejo y cansado, pero se nota que es clara su determinación.
Contempla sus pies desnudos, negros, cuarteados, mugrosos. Sonríe al murmurar: “¿Qué diría mi mamá?” Y meneando la cabeza agrega, “pobrecita mi mamá”.
Escupe una saliva verde mezclada con coca molida. Limpia sus labios con el torso de una mano y continúa su marcha luchando con el miedo. Esos milicos no sabían que él se iba a cruzar en sus caminos, pero el susto no lo había podido evitar nunca. “Más de 4 años en esto y todavía me sudan las manos en los momentos previos”, dice entre dientes.
El problema podía venir a la hora de escapar; los soldados iban a escuchar sus disparos y podían reaccionar; los había visto dividirse y luego ocupar cada mitad, un extremo de la calle. Se hallaban lejanos unos de los otros, pues, pero él debía considerar que ellos podrían correr y venir en su persecución.
Mas él está convencido de que tendrá tiempo de sobra para salir por la trastienda, con la Teresa, y luego correr por el descampado junto a la letrina, hasta llegar al monte. Una vez entre los árboles, las cosas serían más fáciles para él. Tenía allí muchas trampas preparadas y la oscuridad de la noche, que para ese entonces ya habría terminado de caer, le daría cobertura adicional.
El achinado piensa que no hay tiempo de decirle nada al Gringo. Desde que vio la silueta del cholo pelucón dibujada en el marco de la puerta de entrada, supo que el individuo que venía por ellos traía la metralleta, pegada al pecho y apuntando a su quijada, cubierta por su largo poncho.
Podía intuir el cañón debajo de la tela teñida de colores vivos, hilada tal vez por mujeres sin dientes, tejida de repente por un viejo de la comunidad y de seguro impregnada con el olor fuerte que da la grasa de oveja mezclada con la tierra, las bolitas de caca de los carneros y el agua de la lluvia; ese pestilente rancio que los rodeaba sin clemencia desde que dejaron la escuela naval, para venir a esta montaña primitiva y llena de pobreza. “Cinco años estudiando en salones de clase y en buques, para terminar en esta mierda en la que todos te quieren matar”, razonó de manera automática; vio las letras de lo que pensaba, en la oscuridad de su miedo, como iluminadas por un relámpago.
Prefiero que Mateo sea el que le dispare a estos perros. El mostrador es alto y ellos están muy cerca de mí. Seguro que me disparan apenas vean la punta del cañón de mi escopeta. Sí, el Mateo es valiente, no le tiene miedo a nadie. Yo lo he visto entrar a una tienda y quemar con una pistola a cuatro milicos que estaban en medio círculo. Manda cojones y frialdad en la garganta de una persona para hacer eso. Cuando los malditos se dieron cuenta ya estaban medios muertos, tendidos en el piso, y el Mateo le pisó el pescuezo al único que tenía fuerza para hablar. “¡Piedad! ¡Ayúdenme!”, dijo el huevón, como si estuviera en la iglesia. Los otros, también en el suelo, temblaban, se estiraban a poquitos, como todos los que ya están por terminar de morir, así que a esos los contemplamos hasta que se pusieron tiesos. El que tenía la pata del Mateo sobre su cuello peleó un poco más, mientras producía ruidos con la garganta como si tuviera asma; luego se prendió de la pantorrilla del Mateo con las dos manos, hasta que dejó de patalear y muy lento, con delicadeza, se fue quedando inmóvil.
Mi amigo perdió la chaveta, pensó el Gringo, mientras la chica los contemplaba con ojos desorbitados. “El Chino no me puede disparar”, recapacitó, “es mi cuñado, su hermana es mi enamorada allá en Lima”, se dio fuerza interior.
Con el rabo del ojo detectó un gesto extraño en la mujer. Vio que ella tenía las dos manos debajo del mostrador y eso fue lo que vino a precipitar todo. Sintió la fuerte sensación de calor en la boca del estómago conectada con ese frío milimétrico en el recto; el encogimiento del pene; el rubor en sus mejillas, el calambre que sube por el esófago hasta llegar a la garganta a fin de simular una repentina gana de llorar; la perspectiva amarillenta en su vista, la respiración forzada como si el movimiento del pecho se hubiera convertido en algo exigente y automático y por fin, al final, la enorme precisión en su mirada; ese aumento en la calidad de lo que veía, como si tuviera delante de los ojos una mira telescópica; todo transcurriendo de manera ralentizada, con una lentitud babosa; milímetro a milímetro en el cambio de cada imagen, en un tiempo tal que le fue posible contar los vellos en el brazo de la joven, demorándose para ello una eternidad entre pelo y pelo.
La Teresa era su mujer. Terruca ella, pero buena mujer. Buen soldado también. La había visto pelear y matar. No se arrugaba la Teresa, ante nadie.
Yo me acuerdo de la vez que en Ayacucho ella ingresó a un restaurante, donde yo me hacía pasar por mozo, se acercó a la mesa de un coronel y le alcanzó una palta muy grande, “verde clarito, de Chanchamayo, madurita, lista para comer, señor coronel”, le dijo y cuando el cholo estiró las dos manos para recibir la palta, con una sonrisa babosa el muy pendejo, la Teresa le encajó un tiro en la frente y gritó: “¡Viva el Presidente Gonzalo, viva el Partido Comunista, viva la revolución” y luego se esfumó a través de la cocina. “Corajuda es la Teresa”, dijo en voz alta y continuó su caminata hacia la puerta.
Lo vio ingresar con suma confianza e intuyó alguna complicidad de alguien que hubiera notificado la presencia de los dos en aquel lugar. Alguien que conociera sus pasos después de múltiples patrullas y las consecuentes paradas en busca de café, de comida casera, algún guiso preparado con condimentos conocidos, arroz amarillo, grasoso, brillante, calientito, con pollo… ¡La mujer!... Tenía que ser la culona esta. Le daría vuelta después de lidiar con el indio que caminaba tan decidido hacia su mesa.
El Mateo ha entrado como un ángel vengador. Sus cabellos sueltos, libres como guanacos; Sus pasos confiados, sus hombros gruesos, anchos, regalando su imagen de hombría, de revolución y en su cara, tan linda, resaltan sus ojos profundos de hombre bueno, maduro y decidido. Él va a ejecutar a este par de perros. Sacará su metralleta y disparará hasta que ellos se vayan de este mundo, para bien de los demás.
¿Qué mierda le pasa al Mateo? ¿Qué espera para disparar? ¡Por la gran puta, voy a tener que cargármelos yo! Este chino conchasumadre ya sacó su pistola, la puedo ver debajo del poncho. Ya se dio cuenta, ya sabe que el Mateo viene por él. ¿Qué hago, Dios mío? Van a matar a mi Mateo, ¿qué tanto hace el Mateo con sus manos debajo del poncho? ¡A la mierda, voy a meterle un cartucho a cada uno, comenzando por el chino!
Pudo ver una ligera vibración en el tríceps del brazo izquierdo de la doña. En su cerebro, el Gringo imaginó la secuencia completa por venir: El aumento de volumen del bíceps cuando la joven estuviera empuñando su arma escondida debajo de la tabla que le servía de mostrador, la aparición del doble cañón para apuntarle al Chino. El fogonazo golpearía sus ojos, la explosión reventaría en sus oídos y en su nariz y en el paladar podría degustar el olor a pólvora quemada, ese sabor a cobre oxidado en el fondo de la lengua. Luego el humo, el silencio de muerte después de que la jerma hubiera matado al Chino, ya envuelto en el sabor salobre de su propia sangre.
Si su mamá lo viera, arrancaría a llorar. “Tanta plata gastada en colegio particular, tirada a la calle por la ventana”, diría su mamá. Pero a él le jodía ese pensamiento burgués. ¿Cómo podía cambiar el país con gente como su madre?, preocupándose del colegio de curas y de los uniformes, “tan limpios y decentes.”
Mateo sabía que las estructuras políticas y sociales del país estaban podridas. La revolución era necesaria, la única salida. El presidente Gonzalo iba a comenzar de cero. Todo debía ser nuevo, los políticos, los jueces, los profesores universitarios, los empresarios, los funcionarios públicos, los militares, todo aquel huevón con educación universitaria, todo aquel señorito que usara corbata, todos iban a ser pasados por las armas o en el mejor de los casos, reeducados y al mencionar esta última palabra, se halló ocupando todo el ancho de la puerta.
Estaba oscuro el comedor. La luz de los lamparines era pobre y no podía distinguir a los ocupantes con facilidad, pero algo pudo ver y pensó que con los pasos que diera todo se iría aclarando.
Vio a la Teresa, tensa y temblorosa, a los dos cojudos con poncho sentados en una mesa al fondo. Seguro que no lo veían, ahora tenía que armar la USI… ¡Armar la USI! ¿Qué pasa mierda?, se trabó la maldita. No te pongas nervioso, Mateo, jala con fuerza y se armará…
El Chino lo había visto con suma claridad. Vino caminando entre las mesas y el mostrador con paso decidido, como dueño del mundo dentro de un silencio artificial; como emisario del diablo convencido de su causa, bamboleándose al andar, seguro de que iba a matar a dos; envuelto en sus cabellos gruesos, sucios, que crecían ingrávidos en toda dirección, flotando a ambos lados de la cabeza; un caminar en contrapunto con el movimiento de sus brazos debajo del poncho, como que se estuviera rascando la panza, como si peleara con algo debajo del trapo; con la boca abierta, los vellos saliendo de los orificios nasales como del hocico de un jabalí; las cejas pobladas, los ojos pequeños de lobo en pos de su presa; la expresión criminal de esa cara malgeniada; la ausencia de zapatos, las patas grandes, sucias, cuarteadas, muelles en su hermandad con el piso de tierra cochina, oscura de soportar tanta planta sudorosa, tanta sopa derramada, tanto café salpicado. Y justo en ese instante, el Chino principió a preocuparse de esa pelea interna en el individuo, como el movimiento del feto en la barriga de una mujer embarazada.
¿Pero por qué al Chino? ¿Qué motivaba a esta joven mujer? No tenía tiempo de pensar, debía actuar. “No pienses, no preguntes”, le decía el Chino a cada rato.
¿Mas cómo dispararle a una mujer?, era su primera vez. Sabía que las insurgentes eran buenas en combate, que eran duras de matar, que daban tres pasos más que los hombres después de recibir un impacto de 9 milímetros en el pecho, bla-bla-bla, bla-bla-bla. Pero puesto frente a esa realidad, qué. ¿Esa mujer frente a él?, ¿con ese cuerpo, esas tetas temblorosas, ese culo tentador y esos labios grandes, gordos, sensuales?...
El Chino creyó haber esperado varios meses allí sentado, tal vez muchos, buscando la mejor distancia entre la decisión de jalar el gatillo del cholo que venía por ellos y la potencia de la Browning en su mano.
Eso sí, tendría que disparar por encima del hombro del Gringo, justo al costado de la oreja de su compañero, pero es que tenía que impactar el pecho de aquel hombre que caminaba tan lento y que se hacía más blanco con cada paso que daba.
Y de pronto se inició el cambio. Su oscuro rostro mal afeitado se iba volviendo rosado con la cercanía. Sus ojos empezaron a ser parecidos a los del gringo, su caminar más cercano al de la gente bajo su mando y aunque estaba sucio, eso podía ser tan sólo efecto del camuflaje y el Chino vaciló por uno o dos segundos.
En una millonésima de segundo, el Gringo decidió desenfundar y disparar, aún antes de que ella sacara el arma de su escondite debajo del mostrador. Quizás el Chino sospechó de ella, había visto algo y le iba a disparar, pero ¿por qué le apuntaba a él?
El Chino reaccionó. Cuando lo tuvo a tiro levantó el brazo, debajo del poncho, y disparó una, dos, tres veces y recién el hombre empezó a caer sobre el Gringo.
Medio segundo antes de que el emponchado terminara de caer, el Gringo también disparó. Su Browning 9 perforó uno de los erectos senos de la chica detrás del mostrador y la tumbó de espaldas. Ella, en un último intento por realizar su deseo y levantando los dos brazos con la escopeta de cañón corto entre ellos, disparó los dos cartuchos para destrozar la cabeza del Chino con el primero y provocar un regadero de alcohol y vidrios que caía desde los anaqueles a su espalda con el segundo.
El hombre del poncho se estrelló contra el respaldar de la silla en que estaba sentado el Gringo y cayó de espaldas, hacia atrás. No se quejó, no gritó, pero ya en el piso de tierra pudo decir, con el último aliento: “Banda de perros”. Después de ello dejó de respirar.
El Gringo iba a sentir por un par de horas, por lo menos, el sabor y el olor a coca y ron de quemar que le había dejado el difunto al estrellar la boca abierta contra su hombro, cuando perdía la vida.
La cara del chino era una masa de sangre, pólvora negra y pedazos de carne molida. La cuenca de un ojo oscura y profunda; vacía, macabra. El otro ojo abierto de manera poco usual en él. El Gringo creyó ver en esa mirada una acusación.
Tartamudeando, entre sollozos y crujidos en su voz, le juraba a su compañero que había hecho lo mejor que pudo, que había quemado a la puta esa con las justas… Que le había disparado a la teta al mismo tiempo que él le disparaba el tercer tiro al indio borracho que le cayó en la espalda. ¡Que no se muriera, hermanito, que él lo llevaría cargado hasta la base para que el doctor lo curara!
Pero el Chino se fue escurriendo en su silla poco a poco, como melaza, como una troncha de carne, un cuarto de res puesto allí para la venta. Se chorreó hasta el suelo, se dio la vuelta y golpeó el piso con la cara, produciendo en ese instante el sonido de un trapo mojado al estrellarse contra la tierra. Salpicando la sangre que aún salía intermitente; estremeciéndose por momentos con pequeñas contracciones en los músculos de la espalda, los antebrazos y las pantorrillas.
El gringo le tocó el cuello con dos dedos, buscó con insistencia por los latidos y percibió con angustia el cráneo fofo en la parte trasera, los grumos de cerebro salpicados en la pared y embarrados entre sus dedos. Así supo que su pata ya no estaba con él.
Se recuperó con el tumulto y el griterío de su tropa que entraba al local preguntando por lo que había pasado y entonces tomó el comando de manera automática. Fue la máquina que habían hecho de él, sin dudas ni murmuraciones.
Los dos suboficiales que acababan de ingresar al local se apresuraron a recoger al Chino y a revisar a los dos terroristas caídos.
-Era una hembrita, señor. ¡Una chica como mi hermana, señor! -dijo el marinero, con los dedos en la garganta de la mujer.
-Asegúrate de que está muerta, compadre. -contestó el oficial.
El Gringo se separó del cuerpo de su amigo y con la punta del pie volteó hacia un costado el poncho del muerto para dejar al descubierto sus manos aún aprisionando una oxidada metralleta.
-Está fría, señor. -Le dijo, el marinero que auscultaba a la mujer, El otro suboficial recogió la metralleta del muerto con poncho, para revisarla.
-Este también está recontramuerto, señor. Es blanco el huevón, debe ser limeño. Su barba, si se la dejara crecer, sería del color de la suya, señor. -dijo el suboficial. - Vámonos rápido, así nos podremos emborrachar esta noche en la Base, señor. Ha nacido usted de nuevo, señor. La metralleta del puta está trabada, no la pudo usar, señor.
-Me parece que el Chino se demoró demasiado en disparar. Es que yo estaba en el camino y seguro que no quería atravesarme al tratar de quemar a este huevón.
About the Author
Nacido en Arequipa, 1940. Ha sido oficial de caballería del ejército peruano y es retirado desde 1972. Publica un solitario libro de poemas en 1972, “Razón de silencio”; Se casa, se dedica a trabajar, trota por Europa. De regreso en Lima, se hace master en administración de negocios, se marcha hacia California en 1987, se establece en la ciudad de Los Ángeles y descubre, en 1994 que no puede vivir sin escribir. Se entrega a la escritura nocturna y sabatina hasta que diez años después cree haber aprendido a escribir. En 2006 publica su primer libro de cuentos: “Una bala en la frente” y en 2007 un segundo libro de cuentos: “Reyertas y desafíos”.






















